ANTHONY BLUNT, ¿TRAIDOR O HÉROE?

Hace aproximadamente un año, la figura del historiador del arte Anthony Blunt cobró actualidad a raíz de la serie de televisión The Crown, centrada en la vida de Isabel II, la actual monarca británica. En un episodio de la tercera temporada se explicaba que, en 1964, el gobierno del Reino Unido descubrió que Blunt era un espía soviético. Un espía que, no solamente se había labrado un prestigio como historiador del arte, sino que, fruto de ese mismo prestigio, se había convertido en conservador de las colecciones reales de la monarquía. Hace poco pude ver ese episodio y, en realidad, me sorprendió que el personaje no era tratado con especial alevosía por parte de los guionistas. Es cierto que se le acusaba de “traidor” por parte de los representantes del poder, pero no acababa de ser un malo de película al estilo del maniqueísmo cinematográfico al uso; al menos, se le presentaba como un hombre de gran perspicacia analítica (en una secuencia en la que interpreta un cuadro de Annibale Carracci) y con dotes de persuasión. Mi sorpresa seguramente provenía del hecho de que unos días antes había leído algunos artículos publicados en España a raíz de la emisión original del episodio (especialmente, uno en el carpetovetónico ABC) en los que Blunt era atacado sin piedad, como traidor al orden constituido, como comunista y, además, se dejaba dicho, aunque no tuviera nada que ver con la historia, como homosexual.

 

En realidad, que Blunt había sido un espía es conocido. Desconozco si es verdad lo que algunos de esos periodistas afirman, que algunos de los secretos que el historiador del arte había traspasado al “enemigo”, habían causado la ejecución de personas. Son de poco fiar esos medios que aprovechan cualquier motivo para avivar el fuego en contra todo lo que huela a “rojo”. En todo caso, Blunt trabajó para el régimen soviético porque sus convicciones ideológicas se armonizaban mejor con el marxismo que con el capitalismo. Y aprovechó su ascenso en el sistema cultural (y político) británico para desplegar esas convicciones de forma activa; no sólo con artículos y conferencias, sino haciendo de la historiografía del arte un hecho político de primera magnitud. Alexandre Cirici es un ejemplo de historiador del arte comprometido con la política, pero Blunt llegó mucho más lejos.

 

Y eso me produce una admiración notable. Él encontró una manera de compensar el oficio de dedicarse a la historia de un fenómeno nada igualitario, el arte de origen nobiliario —¿qué puede haber, si no, en una colección “real”?—, con una actitud política de alto compromiso personal: vivir dentro de un sistema (el capitalista), pero defendiendo y colaborando clandestinamente con otro. ¿Que colaboró con un régimen dictatorial como el de Stalin? Sí, claro. También se acusa a Picasso de confraternizar con el stalinismo. Y entonces aparecen los grandes defensores de la libertad, se ponen soberbios y juzgan los comportamientos de otros con los que no comparten la misma ideología ni el mismo tiempo. ¡Que hastío escuchar siempre las maldades del sistema soviético sin que se ponga ni siquiera una nota a píe de página en la que se subrayen la desigualdad que generaba el capitalismo; y que de esa desigualdad partían explotaciones, pobrezas, falta de libertades, etcétera!

 

El régimen británico ocultó la “traición” del historiador del arte durante muchísimos años, y lo mantuvo en sus cargos. ¡Vaya hipocresía! No fue hasta que Margaret Tatcher, impelida por su patriotismo (es broma) o por su conocido reaccionarismo (no es broma), hizo público el espionaje de Anthony Blunt, a pesar de que ese gesto comprometía a su reina. En realidad, Tatcher debía tener un odio especial para todo lo artístico, de otra forma no se entiende una frase que se le atribuye, que dice más o menos así: “cualquier pintura o escultura que no puede venderse nunca debería haber sido realizada”. (Eso tampoco es broma.)

 

Anthony Blunt, en sus memorias, publicadas póstumamente, decía que el episodio de su espionaje era el mayor error de su vida. Lástima que no hubiera persistido hasta el final en sus convicciones de juventud. Por mi parte, guardo en nuestra biblioteca un libro de Blunt que recuerdo como una ventana de aire fresco en aquellos estudios sombríos sobre arte que me tocaron a finales de los setenta y principios de los ochenta. Su La teoría de las artes en Italia: de 1450 a 1600 supongo que se habrá superado, no lo sé, el arte moderno no es mi especialidad, pero en mis años universitarios ese libro no consistía solamente en datos y más datos, sino que encontrabas discursos, algo que todavía hoy algunos no practican en la historiografía del arte. Y sin discursos, no hay ningún compromiso, sólo remas a favor del viento.