LOS MUSEOS NO PUEDEN SER COMO LOS ESTADIOS DE FUTBOL.

LOS MUSEOS NO PUEDEN SER COMO LOS ESTADIOS DE FUTBOL. ¿LAS EXIGENCIAS DE LA CULTURA NO DEBERÍAN DIFERENCIARSE DE LAS PELUQUERÍAS O DE LA HOSTELERÍA?

 

  1. Me pregunto si ese deseo de abrir museos, centros de arte, los lugares de la cultura institucional en general, no debería ir acompañado de alguna reflexión en paralelo, de algún tipo de distanciamiento. Me pregunto si el mundo de la cultura, el del arte contemporáneo, no debería ser capaz de diferenciarse, en plena pandemia, o empezando a salir de ella, de todos aquellos sectores de la sociedad (parte de ellos, los más vociferantes, de la más rancia derecha carpetovetónica) que hablan del restablecimiento de la economía como si eso fuera la panacea. Me pregunto esas cosas, no porque tenga una respuesta previa, y por tanto mis preguntas sean retóricas. No, no tengo respuestas. Pero siento la necesidad de decir —de deciros amigos, colegas, camaradas— que me inquieta que las demandas de lo cultural no sepan diferenciarse de lo textil, lo metalúrgico, del sector de la construcción o de los bancos. O de las peluquerías o la hostelería.

 

  1. Mis preguntas no quieren ser baldías, simplemente teóricas. Entiendo que la situación económica de muchos profesionales de la cultura es o empieza a ser grave. Entiendo y comparto las reivindicaciones sectoriales, ¿cómo no?, de tantos compañeros de todo el mundo de la cultura; no solamente creadores en sentido estricto, también de los técnicos o industriales que hacen posible la difusión de las creaciones culturales en teatros, librerías, centros de arte, etcétera. Entiendo que las galerías de arte necesiten abrir sus locales o encontrar métodos de comercializar sus productos, las obras de arte de los artistas a los que representan. Lo digo porque mis preguntas no van en la línea de poner en cuestión todo el sistema capitalista, ¡no jodamos!, si no lo hicimos en época de bonanza, ¿os acordáis?, no hace tantos años, cuando el “boom” de la construcción vino acompañado de un “boom” cultural institucional, casi siempre acrítico y condescendiente con aquella explosión pornográfica de la ostentación, no pretendo que ahora, además de que tantos colegas vivan sumidos en la precariedad, se conviertan en mártires.

 

  1. Por tanto, mis inquietudes no son de gran calado, son de matiz y puede que no sepa formularlas debidamente. Pero cuando oigo —os oigo— celebrar la pronta apertura de los centros culturales públicos con esa alegría intuyo que hay algo que se nos está escapando. Al menos, como colectivo. Abrir los museos, ¿para qué? No, la pregunta no es una idiotez. Porque no quiero decir que yo quiera mantenerlos cerrados, pero ¿no deberíamos plantearnos la necesidad de exigir su reapertura tras algún debate previo? El otro día algunos directores de museos públicos catalanes comunicaron que estaban teniendo conversaciones para poder abrir sus centros y a mí se me ocurrió decirles que tal vez opiniones externas les serían de utilidad. ¿Qué mejor momento que éste para buscar ese distanciamiento que he mencionado en la primera frase de este texto? Hablo de museos, espero que se me entienda (que yo me sepa explicar), pero a través de ellos me estoy refiriendo a todo el entramado cultural que se encuentra ahora mismo hibernando o con signos evidentes de rigidez y congelación.
  1. Yo entiendo que los hoteles o las peluquerías quieran volver a los tiempos anteriores a la pandemia. Entiendo que los hoteles, los empresarios de los hoteles, hay que ser didáctico, no solamente quieran abrir sus locales sin medidas restringentes, sino que además deseen que el turismo vuelva a llenar las calles de Barcelona y, de paso, sus habitaciones estén repletas de clientes. Sí, entiendo que haya sectores económicos que anhelen la normalidad anterior. Pero el mundo de la cultura, que ya viene de un periodo de precariedad largo y acuciante, ¿no debería encontrar otras formas de reivindicar su especificidad? Se ha puesto de moda, en artículos y manifiestos, decir que la cultura es más necesaria que nunca. Y yo estoy de acuerdo con esa aserción siempre que esa cultura sobreviva para hacerse preguntas de enjundia, no para mostrar sin más las mismas obras decorativas que ya veíamos en algunos museos antes de la anomalía; no para representar en los teatros las mismas obras que siempre se representaban en todos los teatros, como si aquí (en el mundo, en el planeta tierra) no hubiera pasado nada. ¿La cultura no está para diferenciarse reflexivamente y, si fuera necesario, revolucionariamente de todo lo otro? Me hago preguntas de las que no sé respuestas, pero hay cosas que sí sé: los museos no pueden ser como los estadios de futbol.

 

  1. Quizás a los que no le interesa para nada el deporte como espectáculo no lo sepan, pero las grandes ligas europeas de futbol están empezando a reanudar sus competiciones a puerta cerrada, con medidas esperpénticas (como que los jugadores no pueden abrazarse para celebrar un gol) y con un solo fin: retransmitir esos partidos por televisión para que las grandes productoras no pierdan más beneficios. Subrayo: no perder más beneficios, no como en el mundo de la cultura institucional (también en la privada, salvo excepciones), en dónde toda la cadena de producción está repleta de limitaciones de todo tipo no se habla de beneficios, sino de subsistencia. No, los muesos no deben ser como los estadios de futbol de estas próximas semanas. Antes de abrir, y de que todos mostremos nuestra felicidad, sería oportuno que pensáramos para qué necesitamos esos museos y esos centros culturales de todo tipo, la mayoría de los cuáles viven en la fragilidad y no en esa ostentación alienadora que proporciona la sociedad del espectáculo.

 

  1. En mayo de 1942 Mao Tse-Tung formulaba una pregunta muy simple, en el foro de Yenan: “¿A quién debe servir nuestro arte y nuestra literatura?” Durante la Larga Marcha (1934-1935) y la posterior guerra contra Japón, el Partido Comunista Chino había utilizado las formas culturales del régimen anterior, el que el Ejercito de Liberación quería abolir. Y, unos años después, el dirigente chino se preguntaba en qué debía ser diferente la cultura surgida de la revolución de la anterior. En un momento de su intervención, Mao recuerda un texto de Lenin de 1905 en el que, haciéndose una pregunta similar, había respondido sobre el nuevo arte y la nueva literatura que una presunta revolución podría conseguir: “Será una literatura libre, porque servirá no a damiselas hastiadas de todo, no a los 'diez mil de arriba', cargados de aburrimiento y de grasa, sino a millones y decenas de millones de trabajadores, que son la flor y nata del país su fuerza, su futuro.”

 

  1. Por favor, que ahora no me vengan los resabiados y arrogantes a recordar los fracasos de las revoluciones soviéticas y maoísta y el tono panfletario de ese fragmento que he reprocucido. Primero, porque para hablar de esos fracasos, antes deberíamos referirnos al fracaso del sistema capitalista, que es en el que (sobre)vivimos. Y segundo, porque traigo a colación esas preguntas porque, al menos, fueron formuladas. En unos momentos de tensión de todo tipo, hubo quien se preguntó sobre la utilidad del arte, de la cultura, para que esa nueva cultura no se pareciera a la anterior. Hoy, con esa pandemia mundial en la que nos encontramos, sin conflictos bélicos, pero con una situación anómala (y con víctimas mortales), me gustaría que los artistas, los pensadores, también los técnicos de luz y de sonido de los teatros, cuando reivindicamos una mejora en nuestra situación, lo hiciéramos en términos que nunca se pudieran parecer a los que regentan un hotel y mucho menos a esos engendros financieros que emitirán partidos de futbol bajo el viejo paradigma del “panem et circenses”.

 

  1. Termino con un poema de Bertolt Brecht. Pero no lo cito para que sea bonito, sino porque quiero pensar que hoy, más que nunca, en el día internacional de los museos, deberíamos ser conscientes de que la cultura que era habitual no tiene porque ser eterna. Eso depende, al menos en parte, de nosotros, con sólo hacerse preguntas.

 

“No aceptes lo habitual como cosa natural.

Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada,

de humanidad deshumanizada,

nada debe parecer natural.

Nada debe parecer imposible de cambiar.”

(Bertolt Brecht)