LA VIOLENCIA Y LA ESTULTICIA DE SUS INTÉRPRETES

 

"Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime."

Bertolt Brecht

 

 

No me extenderé en retóricas y en didactismos innecesarios. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre las jornadas de lucha a las que estamos asistiendo a raíz del encarcelamiento de Pablo Hasél. Escribo pensar, no sentir o opinar fugazmente a través de un tweet. Porque denunciar “los disturbios”, “el vandalismo”, los contenedores quemados o los ataques a las comisarías de policía demuestra un dejarse llevar por los consensos del poder. Esos consensos en virtud de los cuales la violencia sólo la puede ejercer quien tiene la legalidad (y los medios adecuados) para hacerlo.

 

Y se entiende perfectamente que se acojan a esos consensos (los vítores a la policía, a todas las policías y cuerpos armados) los que se han aprovechado de ellos des de tiempos inmemoriales: el PSOE (Barrionuevo gritando enfurecido a favor de la Guardia Civil en el Parlamento español después de haber ganado las elecciones con el lema “Por el cambio”); el PP (des de la creación del partido bajo el ministro fascista Manuel Fraga Iribarne); CiU en Cataluña (llegando a crear un cuerpo policial nuevo que, con el paso de los tiempos, hemos visto que sirve para lo mismo que todos los demás: reprimir al que va en contra de los consensos del poder)…

 

Pero lo que está pasando ahora en todas las ciudades en las que hay muestras de rebelión por el caso Pablo Hasél pone en entredicho a algunas personas y a algunas formaciones políticas que —dicen— quieren cambiar las cosas. Llega una manifestación y los Mossos vuelven a reventar un ojo a una joven que estaba allí protestando. Y en otros lugares también se suceden las protestas y las policías de esos lugares utilizan medidas militares para reprimir a los manifestantes. Y en lugar de centrarse en ese caso —en esos casos, pero especialmente el de la chica que ha perdido un ojo, cosa que no es baladí— y exigir dimisiones y cambiar de una vez por todas el trato permisivo y condescendiente hacia la violencia institucional (el lecho del río brechtianao), los periodistas y los partidos del consenso (y los que aparentaba que estaban por el disenso, también) quieren focalizar la atención en los que queman contenedores. ¡Mandan huevos!

 

No será que todos aquellos que repudian la violencia explícita (quemar contenedores, lanzar piedras a la policía…) se dejan llevar por la apariencia sin buscar las causas. El poema de Brecht con que encabezo este texto ya lo sugiere: la violencia explícita no responde más que a un estado de las cosas donde la ignominia del sistema ha llegado a unos límites que el sentido común no puede tolerar. Lo volveré a escribir: la violencia real, la del cauce del río de esta malsana democracia donde sobrevivimos, es la que ejerce el poder: quien tiene las pistolas, las sentencias judiciales, las cárceles ... La violencia primera es la que permite que la policía de un país ejerza la brutalidad física, desproporcionada, que atenta contra la integridad de los ciudadanos: recordemos el ojo de Ester Quintana, de Roger Español, el de la chica de hace apenas unas horas; no olvidemos tampoco la frustración de quienes ven a los salvajes uniformados golpeando indiscriminadamente ciudadanos de toda condición y edad. La paradoja del sistema es que seamos nosotros quiénes pagamos unos impuestos y escogemos unos políticos que gestionan esa manera ilegítima de administrar el poder.

 

Primero, que limpien el cauce del río de esta democracia enferma. A nadie se le puede escapar que los jóvenes que salen a protestar, no lo hacen solamente por la brutalidad de poner en prisión a un rapero, ni siquiera por tener conciencia de que España es el país con más artistas encarcelados o exiliados. Venimos de un año de pandemia en qué esos gobiernos (el de España y el de Cataluña) han hundido aún más a la juventud en un horizonte de pobreza máximo. Y si al menos sus medidas sanitarias hubieran impedido el avance la enfermedad, pero son los más incompetentes y arrogantes (Illa y Vergés compiten entre ellos). Y qué quieren los salvaguardas del consenso: ¿que los jóvenes salgan a protestar pacíficamente y cuando termine la manifestación aplaudan a los policías que los envuelven amenazadores y chulescos?, ¿que aplaudan a unos policías que, por lo general, tienen una formación mucho menor que los que van a gritar en contra del sistema que está mutilando sus vidas?

 

La violencia, la verdadera violencia, hace mucho tiempo que está instalada en el poder catalán: cuando el Conseller Saura (excomunista, si algún día lo fue) hacía golpear universitarios; cuando el Conseller Felip Puig apaleaba a los "indignados"; cuando bajo el mandato del Conseller Espadaler Ester Quintana perdió el ojo; cuando todos estos últimos años, bajo el mandato de personajes del ámbito postCiU, el gobierno de la Generalitat ha seguido escudando a una policía que hace lo mismo que sus colegas de la Policia Nacional y la Guardia Civil en España.

 

Dicen que, tras las elecciones catalanas, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya, dice su primera fraudulenta sigla, al menos la primera) quiere pactar para presidir la Generalitat. Sólo cuatro días después de las elecciones me han dado la razón en un artículo que publiqué el pasado miércoles: “El problema de la democracia no se produce el día de las votaciones, que salga lo que tú querías o no, sino durante los cuatro años siguientes, en los que la gran mayoría de partidos hacen una gestión autoritaria y excluyente de los votos recibidos. De entrada, sabemos que incumplirán las promesas hechas y que no pensarán en nosotros hasta que vuelvan a necesitar nuestros votos. Esto es así, los comités centrales lo saben, y se lo pasan de muerte.”

 

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