LA VIOLENCIA Y LA ESTULTICIA DE SUS INTÉRPRETES

 

"Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime."

Bertolt Brecht

 

 

No me extenderé en retóricas y en didactismos innecesarios. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre las jornadas de lucha a las que estamos asistiendo a raíz del encarcelamiento de Pablo Hasél. Escribo pensar, no sentir o opinar fugazmente a través de un tweet. Porque denunciar “los disturbios”, “el vandalismo”, los contenedores quemados o los ataques a las comisarías de policía demuestra un dejarse llevar por los consensos del poder. Esos consensos en virtud de los cuales la violencia sólo la puede ejercer quien tiene la legalidad (y los medios adecuados) para hacerlo.

 

Y se entiende perfectamente que se acojan a esos consensos (los vítores a la policía, a todas las policías y cuerpos armados) los que se han aprovechado de ellos des de tiempos inmemoriales: el PSOE (Barrionuevo gritando enfurecido a favor de la Guardia Civil en el Parlamento español después de haber ganado las elecciones con el lema “Por el cambio”); el PP (des de la creación del partido bajo el ministro fascista Manuel Fraga Iribarne); CiU en Cataluña (llegando a crear un cuerpo policial nuevo que, con el paso de los tiempos, hemos visto que sirve para lo mismo que todos los demás: reprimir al que va en contra de los consensos del poder)…

 

Pero lo que está pasando ahora en todas las ciudades en las que hay muestras de rebelión por el caso Pablo Hasél pone en entredicho a algunas personas y a algunas formaciones políticas que —dicen— quieren cambiar las cosas. Llega una manifestación y los Mossos vuelven a reventar un ojo a una joven que estaba allí protestando. Y en otros lugares también se suceden las protestas y las policías de esos lugares utilizan medidas militares para reprimir a los manifestantes. Y en lugar de centrarse en ese caso —en esos casos, pero especialmente el de la chica que ha perdido un ojo, cosa que no es baladí— y exigir dimisiones y cambiar de una vez por todas el trato permisivo y condescendiente hacia la violencia institucional (el lecho del río brechtianao), los periodistas y los partidos del consenso (y los que aparentaba que estaban por el disenso, también) quieren focalizar la atención en los que queman contenedores. ¡Mandan huevos!

 

No será que todos aquellos que repudian la violencia explícita (quemar contenedores, lanzar piedras a la policía…) se dejan llevar por la apariencia sin buscar las causas. El poema de Brecht con que encabezo este texto ya lo sugiere: la violencia explícita no responde más que a un estado de las cosas donde la ignominia del sistema ha llegado a unos límites que el sentido común no puede tolerar. Lo volveré a escribir: la violencia real, la del cauce del río de esta malsana democracia donde sobrevivimos, es la que ejerce el poder: quien tiene las pistolas, las sentencias judiciales, las cárceles ... La violencia primera es la que permite que la policía de un país ejerza la brutalidad física, desproporcionada, que atenta contra la integridad de los ciudadanos: recordemos el ojo de Ester Quintana, de Roger Español, el de la chica de hace apenas unas horas; no olvidemos tampoco la frustración de quienes ven a los salvajes uniformados golpeando indiscriminadamente ciudadanos de toda condición y edad. La paradoja del sistema es que seamos nosotros quiénes pagamos unos impuestos y escogemos unos políticos que gestionan esa manera ilegítima de administrar el poder.

 

Primero, que limpien el cauce del río de esta democracia enferma. A nadie se le puede escapar que los jóvenes que salen a protestar, no lo hacen solamente por la brutalidad de poner en prisión a un rapero, ni siquiera por tener conciencia de que España es el país con más artistas encarcelados o exiliados. Venimos de un año de pandemia en qué esos gobiernos (el de España y el de Cataluña) han hundido aún más a la juventud en un horizonte de pobreza máximo. Y si al menos sus medidas sanitarias hubieran impedido el avance la enfermedad, pero son los más incompetentes y arrogantes (Illa y Vergés compiten entre ellos). Y qué quieren los salvaguardas del consenso: ¿que los jóvenes salgan a protestar pacíficamente y cuando termine la manifestación aplaudan a los policías que los envuelven amenazadores y chulescos?, ¿que aplaudan a unos policías que, por lo general, tienen una formación mucho menor que los que van a gritar en contra del sistema que está mutilando sus vidas?

 

La violencia, la verdadera violencia, hace mucho tiempo que está instalada en el poder catalán: cuando el Conseller Saura (excomunista, si algún día lo fue) hacía golpear universitarios; cuando el Conseller Felip Puig apaleaba a los "indignados"; cuando bajo el mandato del Conseller Espadaler Ester Quintana perdió el ojo; cuando todos estos últimos años, bajo el mandato de personajes del ámbito postCiU, el gobierno de la Generalitat ha seguido escudando a una policía que hace lo mismo que sus colegas de la Policia Nacional y la Guardia Civil en España.

 

Dicen que, tras las elecciones catalanas, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya, dice su primera fraudulenta sigla, al menos la primera) quiere pactar para presidir la Generalitat. Sólo cuatro días después de las elecciones me han dado la razón en un artículo que publiqué el pasado miércoles: “El problema de la democracia no se produce el día de las votaciones, que salga lo que tú querías o no, sino durante los cuatro años siguientes, en los que la gran mayoría de partidos hacen una gestión autoritaria y excluyente de los votos recibidos. De entrada, sabemos que incumplirán las promesas hechas y que no pensarán en nosotros hasta que vuelvan a necesitar nuestros votos. Esto es así, los comités centrales lo saben, y se lo pasan de muerte.”

 

QUE AQUEST COP NO HI HAGI FOTOGRAFIA DE LA VERGONYA!

Des de fa molts anys que el diari dels Godó fa una fotografia dels candidats que es presenten a les eleccions, una foto que es fa la jornada “de reflexió” i que surt publicada al diari el dia de les votacions. I allà hi van tots i totes, des de 1984, pensant que no s’han de trencar certs consensos i que, si surten a la fotografia, potser no arreplegaran cap vot més, però almenys no en perdran cap per part d’aquells ciutadans que compren el diari conservador i els agraden els costums dels conservadors.

 

L’última vegada que va sortir aquesta fotografia, amb motiu de les eleccions municipals de 2019, es van reunir al Pavelló Mies els qui encapçalaven les llistes per a l’alcaldia de Barcelona. I ja aleshores alguns vam dir que aquesta fotografia era una ignomínia. I per diverses raons: primer, perquè es van posar dins de l’estany de davant del Pavelló a pesar que això era una il·legalitat imposada per part del propi ajuntament que volien presidir; segon, perquè era pura demagògia anar al Pavelló Mies, perquè la cultura no els interessava gens a tots els qui van anar a mullar-s’hi els peus; i tercer, i més important, perquè la gent d’esquerres no hauria de confraternitzar amb segons qui. En aquest sentit, veure l’Anna Saliente (de la CUP) o l’Ada Colau rient al costat de personatges com Manuel Valls o el dirigent del PP o, per què no dir-ho?, Jaume Collboni, no feia més que emblanquir el conflicte polític.

 

Jo vull demanar que, aquesta vegada, no es prestin a la gran mentida. No se m’escapa que Colau va fer una cosa pitjor que fer-se una fotografia somrient al costat de Valls: va acceptar els seus vots sinistres per a ser alcaldessa. Però, almenys aquesta vegada, en plena pandèmia i amb tantes morts que es van succeint, que hi hagi una mica d’ètica.

 

Que la Dolors Sabater i la Jèssica Albiach, almenys elles, no permetin que el majordom dels Godó, el director de La Vanguardia, pugui “fardar” de democràcia estable o els tòpics estúpids que se li acudeixin. Us fareu una foto al costat del candidat de VOX? I si no us feu una fotografia al costat de l’Ultradreta, per què us l’heu de fer al costat de personatges tan sinistres com ells, que porten tants d’anys impedint una democràcia plenament igualitària?

 

No es tracta de cordons sanitaris, es tracta de cordons de coherència política, d’acabar amb els consensos que, any rere any, convocatòria rere convocatòria, ens porten a les misèries que vivim. I no, això que demano, en principi no té res que veure amb si ets independentista o no ho ets (a pesar que oblidar els qui van gestionar i aplaudir la repressió sigui molt difícil). Només vol dir que hauríem de saber que hi ha línies que mai no es creuaran. També en l’ordre de la representació, que no es puguin trobar fotografies de gent que vol canviar la societat, fer-la més igualitària, confraternitzant amb els qui volen practicar el feixisme o amb els qui fa anys que són al poder i no han fet res per aturar la seva ascensió.

 

(A no ser que es facin la fotografia al costat dels perversos perquè estiguin disposats a acceptar els seus vots per a manar, és clar.)

 

 

Comisariar una exposición sin tener a Žižek al lado

Empiezo por unas preguntas.

¿Para comisariar una exposición de artistas contemporáneos es imprescindible haber leído a filósofos contemporáneos?

¿Es fundamental basar el hilo argumental del proyecto curatorial en las ideas de unos pensadores, a pesar de que esas ideas tengan poco —o nada— que ver con lo visual/artístico?

¿El proyecto curatorial contemporáneo consiste en adaptar aquellos pensamientos filosóficos a una sala de exposiciones; consiste, de alguna forma, en ilustrar con piezas o proyectos de artistas las hipótesis desplegadas en forma literaria?

 

Las preguntas responden a un supuesto, a una intuición que no puedo demostrar estadísticamente (¡qué pereza!): hay una gran cantidad de proyectos de exposición en los últimos años que se sustentan en unos mismos pensadores; en fragmentos, pasajes o grandes teorías de esos pensadores. No puedo calcular el porcentaje de proyectos presentados a concursos o de encargos directos que pueden encajarse en ese modelo expositivo, pero no creo exagerar si intuyo que no es menor.

 

Y, ¿eso es un problema? Otra intuición: creo que ha empezado a serlo.

 

En primer lugar, porque en muchos de esos proyectos lo sustancial se encuentra, no en lo visual, sino en lo verbal. Si se prefiere, no en lo artístico, sino en el ámbito del pensamiento. (Lo que pasa es que sacar a colación el arte, como si tuviera un estadio autónomo tampoco es lo que quiero defender aquí, si es que el motivo de este escrito sea defender alguna cosa.) Los libros de historia del arte siempre han tenido un problema que ya detectó Diderot en algunas páginas brillantes de sus obra: lo verbal y lo visual pertenecen a dos registros no solamente distintos, también antagónicos. Y los libros sobre arte hablan de infinidad de obras que el lector no puede ver y debemos fiarnos de las descripciones y de las interpretaciones (si existen) del autor. Pocos han explorado la propuesta de Warburg de convertir a lo visual en ámbito de conocimiento autónomo, aquello que John Berger intentó en algunas páginas de su Modos de ver. Una propuesta en la que el registro artístico no estaba sometido a lo literario. Un problema que muchas exposiciones ahora han recrudecido.

 

En segundo lugar, porque se produce una repetición de esos pensadores que dan lugar a proyectos curatoriales en los que lo visual (o, una vez más, lo artístico) queda reducido a un papel secundario e ilustrativo. Hay como una especie de ranking de filósofos usados en los que están Agamben, Deleuze (con Guattari o son él), Derrida, Foucault (él siempre aparece), Rancière, Sloterdijk, Žižek. Como si ahora, en lugar de citar a los arcaicos Wölfflin, Panofsky, Saxl o Gombrich, quedase más moderno sustituirlos por esos nuevos nombres (¡siempre hombres!) aunque el método de aplicación acabe pareciéndose tanto.

 

En tercer y último lugar, porque en infinidad de ocasiones el comisario que basa su proyecto en textos de esos pensadores, en lugar de facilitar la lectura de aquellos pasajes de los que parte, nos sumerge en unos textos crípticos, en una hipótesis curatorial plagada de falta de transparencia. Como si tuviéramos que volver a aquella crítica de arte de los setenta y de los ochenta que hilvanaba palabras que no querían decir nada, no nos engañemos. Y si eso ocurría en aquellos tiempos por la supuesta autonomía de la crítica, ahora esa autonomía deriva de la supuesta grandeza de unos filósofos que sirven apara alejarnos de la comprensión, de la comprensión generalizada. Como si el curator encontrase demasiado diáfanos los objetos o las imágenes que elige para su proyecto expositivo y necesitase complicar el discurso, dirigirse solamente a unos pocos iniciados. Y para enredar aún más la cosa, ese comisario que se hace ininteligible por voluntad propia, acude a menudo al término mediador, colocándose en una posición aristocrática, nada igualitaria en lo social, él lo sabe todo sobre su proyecto, pero no quiere hacernos partícipes de ese todo. Es decir, que cuando se dan esas circunstancias, el comisario no es un verdadero mediador, es un arrogante.

 

Vuelvo a las preguntas.

 

Si esto es así —que lo es, a mi modo de ver/pensar, en el porcentaje que sea—, ¿podemos preguntarnos si el modelo no ha dado todo lo que podía dar de sí? Y si respondemos que sí, ¿no deberíamos volver a la voluntad de transparencia, a la voluntad de no alejar a nadie de nuestro trabajo; no deberíamos recurrir a los proyectos curatoriales que no consistan simplemente en la colocación de unas obras en unas paredes y en unas salas blanquecinas, pero que tampoco se conviertan en el retorno constante a unos libros de filósofos como guiño o, peor aún, como incapacidad para elaborar discursos propios tan contaminados como deba ser por aquellos filósofos —u otros de nuevos, por favor—, pero alejándose de ellos y pensando en la autonomía del trabajo del comisario?

 

 

No se me escapa: una exposición es una propuesta en tensión constante entre la carga visual y la carga teórica, entre el recorrido físico y un recorrido que vaya más allá de lo estrictamente aparente. Pero cuando esa tensión se pierde y todo recae en lo teórico; cuando para entrar a una sala de exposiciones es imprescindible leer los supuestos del comisario, basados en pasajes de un pensador al que, en muchas ocasiones, le importa o le importó poco el régimen artístico o visual; cuando ese texto del comisario es una adaptación de un texto mayor de alguien otro y se convierte en algo poco entendible, incluso habiendo leído a aquel otro… cuando suceden esas cosas, la tensión a la que me refiero se pierde, los objetivos que los artistas habían puesto en sus obras —objetivos visuales y también teóricos, puesto que muchos artistas no sólo “hacen” con pericia técnica, sino que hacen porque ellos también reproducen esa tensión entre lo visual y lo filosófico en sus proyectos— no suelen acomodarse a la imposición teórica del comisario, que es tributaria de lo que ellos han entendido de aquel filósofo del que se habla en todos los másteres universitarios relacionados con el arte en los últimos años.

 

Y es que, para terminar, y respondiendo a la primera pregunta que me hacía al principio de este texto, yo creo que un comisario que trabaja con el arte contemporáneo debe haber leído a esos grandes pensadores a los que me he referido hasta aquí (con Žižek como síntoma), y a otros muchos, pero no se debe notar.

“Les mares no”: una gran novel·la sobre la maternitat desobedient

 

Quina sorpresa la novel·la Amek ez dute, de Katixa Agirre, que he llegit en la seva versió catalana, Les mares no (de Pau Joan Hernández, Amsterdam, setembre 2020). Més que una sorpresa és una successió de sorpreses. I no em refereixo a sorpreses narratives, a girs propis d’un relat que, com se suggereix a la contracoberta, podria fer pensar en una novel·la d’investigació arran de la mort de dos nens a mans de la seva pròpia mare. Les sorpreses que a mi m’han captivat provenen del fet que l’autora ens ofereix una mena de mirada centrípeta d’aquest fet inicial: va i ve; de vegades s’allunya de la mort dels nens, després hi torna; marxa cap a la situació personal de la narradora, i ho abandona per recuperar-ho més endavant; se submergeix en el passat on ella va conèixer a la mare d’aquells dos nens i, ben aviat, retorna al present... o, més ben escrit, a alguns dels presents que conformen el llibre.

 

Una novel.la plena de circumloquis molt ben travats; de registres narratius i temàtics que es van lligant de manera esplèndida.

 

I un d’aquests registres, que mai no deixa de tornar a les pàgines del llibre és el de la maternitat. Una visió de la maternitat allunyada de les convencions més estovades i mel·líflues de tenir fills. No fa gaire, en un article em referia a una operació similar: el disc que la cantant Lu Rois havia dedicat al procés de tenir el seu primer fill. Aquí, la literatura serveix per a fer fugir el lector de la concepció convencional de ser mare, que acaba convertint la dona en un objecte obedient que només té com a missió la cura dels seus fills. Els registres on l’autora de la novel·la s’escapa per aquests viaranys reflexius em semblen majestuosos; perquè lliguen perfectament amb tots els altres registres que, com he dit, conformen el relat, o els relats; però, més encara, perquè serveixen de contrapunt i subratllen una posició diria que política: no acusar mai el personatge que, al començament del llibre, sabem que ha ofegat els seus dos fills.

 

Aquí, les excursions literàries per aquesta reivindicació de la dona, independentment de si és mare o no, van obrint nous camins de comprensió en la pròpia novel·la. Quan Katixa Agirre s’atura en l’explosió hormonal que pateix el cos de la dona que ha parit i que ha de passar sola (per més acompanyada que estigui en el seu exterior); quan s’atura en la mala consciència que provoca l’entesa de la mare obedient si s’afarta del dolor que provocar donar el pit al nadó, o si arriba a pensar en les coses que s’està perdent a causa de la cura de la filla o fill que ha de tenir; quan la narradora es posa a imaginar les possibilitats de matar un propi fill que has parit més senzilles que la d’ofegar-los com fa la protagonista que va permetent (o exigint) aquestes reflexions que s’acumulen destrament a l’explicació del cas...

 

Hi ha un moment en què Agirre s’atura en la invenció de la “mare verge”, aquesta invenció (misògina, aclareix) en què l’obediència a una suposada puresa maternal arriba a la més altes cotes d’ignomínia.

 

“Si algú és mare, el sexe no pot interferir en la seva vida. Si una dona cau a les urpes del sexe, ja no és mare, és puta. Si és puta, no dóna vida; ben al contrari: probablement és perillosa, capaç de llevar la vida a qui calgui en el seu parany mortal. La que no és assassina, la que no és puta... aquesta és la mare: la que dóna la vida.” (pàgina 156)

 

Fa uns pocs anys, el Museu de Belles Arts de València va presentar una exposició magnífica, “Intacta Maria”, on podia veure’s com en l’època del Barroc la pintura espanyola havia descobert la manera de visualitzar aquest gran engany: col·locar Maria al damunt d’una mitja lluna (de vegades amb un conjunt de nens als seus peus, com en una versió de Sánchez Cotán), com apartant-la del món natural, convertint la dona en un ésser obedient i destinat només a la procreació “immaculada”, és a dir, sense catxar, sense ser puta, com apunta en el fragment del llibre.

 

M’agraden les novel·les no finalistes, que exigeixen al lector una llibertat per deixar-se atrapar per una xarxa de marques, no per una sola. Són novel·les, com aquesta, en què et prenen per un ésser intel·ligent, no manipulable o no més del que suposa tot exercici de creació, perquè la narradora és molt transparent i només ens demana que l’acompanyem en els seus circumloquis. Aquí, la novel·la es converteix en un mètode de coneixement nou. Com hauria de ser sempre l’art. Una sorpresa literària de primer calibre.

 

ANTHONY BLUNT, ¿TRAIDOR O HÉROE?

Hace aproximadamente un año, la figura del historiador del arte Anthony Blunt cobró actualidad a raíz de la serie de televisión The Crown, centrada en la vida de Isabel II, la actual monarca británica. En un episodio de la tercera temporada se explicaba que, en 1964, el gobierno del Reino Unido descubrió que Blunt era un espía soviético. Un espía que, no solamente se había labrado un prestigio como historiador del arte, sino que, fruto de ese mismo prestigio, se había convertido en conservador de las colecciones reales de la monarquía. Hace poco pude ver ese episodio y, en realidad, me sorprendió que el personaje no era tratado con especial alevosía por parte de los guionistas. Es cierto que se le acusaba de “traidor” por parte de los representantes del poder, pero no acababa de ser un malo de película al estilo del maniqueísmo cinematográfico al uso; al menos, se le presentaba como un hombre de gran perspicacia analítica (en una secuencia en la que interpreta un cuadro de Annibale Carracci) y con dotes de persuasión. Mi sorpresa seguramente provenía del hecho de que unos días antes había leído algunos artículos publicados en España a raíz de la emisión original del episodio (especialmente, uno en el carpetovetónico ABC) en los que Blunt era atacado sin piedad, como traidor al orden constituido, como comunista y, además, se dejaba dicho, aunque no tuviera nada que ver con la historia, como homosexual.

 

En realidad, que Blunt había sido un espía es conocido. Desconozco si es verdad lo que algunos de esos periodistas afirman, que algunos de los secretos que el historiador del arte había traspasado al “enemigo”, habían causado la ejecución de personas. Son de poco fiar esos medios que aprovechan cualquier motivo para avivar el fuego en contra todo lo que huela a “rojo”. En todo caso, Blunt trabajó para el régimen soviético porque sus convicciones ideológicas se armonizaban mejor con el marxismo que con el capitalismo. Y aprovechó su ascenso en el sistema cultural (y político) británico para desplegar esas convicciones de forma activa; no sólo con artículos y conferencias, sino haciendo de la historiografía del arte un hecho político de primera magnitud. Alexandre Cirici es un ejemplo de historiador del arte comprometido con la política, pero Blunt llegó mucho más lejos.

 

Y eso me produce una admiración notable. Él encontró una manera de compensar el oficio de dedicarse a la historia de un fenómeno nada igualitario, el arte de origen nobiliario —¿qué puede haber, si no, en una colección “real”?—, con una actitud política de alto compromiso personal: vivir dentro de un sistema (el capitalista), pero defendiendo y colaborando clandestinamente con otro. ¿Que colaboró con un régimen dictatorial como el de Stalin? Sí, claro. También se acusa a Picasso de confraternizar con el stalinismo. Y entonces aparecen los grandes defensores de la libertad, se ponen soberbios y juzgan los comportamientos de otros con los que no comparten la misma ideología ni el mismo tiempo. ¡Que hastío escuchar siempre las maldades del sistema soviético sin que se ponga ni siquiera una nota a píe de página en la que se subrayen la desigualdad que generaba el capitalismo; y que de esa desigualdad partían explotaciones, pobrezas, falta de libertades, etcétera!

 

El régimen británico ocultó la “traición” del historiador del arte durante muchísimos años, y lo mantuvo en sus cargos. ¡Vaya hipocresía! No fue hasta que Margaret Tatcher, impelida por su patriotismo (es broma) o por su conocido reaccionarismo (no es broma), hizo público el espionaje de Anthony Blunt, a pesar de que ese gesto comprometía a su reina. En realidad, Tatcher debía tener un odio especial para todo lo artístico, de otra forma no se entiende una frase que se le atribuye, que dice más o menos así: “cualquier pintura o escultura que no puede venderse nunca debería haber sido realizada”. (Eso tampoco es broma.)

 

Anthony Blunt, en sus memorias, publicadas póstumamente, decía que el episodio de su espionaje era el mayor error de su vida. Lástima que no hubiera persistido hasta el final en sus convicciones de juventud. Por mi parte, guardo en nuestra biblioteca un libro de Blunt que recuerdo como una ventana de aire fresco en aquellos estudios sombríos sobre arte que me tocaron a finales de los setenta y principios de los ochenta. Su La teoría de las artes en Italia: de 1450 a 1600 supongo que se habrá superado, no lo sé, el arte moderno no es mi especialidad, pero en mis años universitarios ese libro no consistía solamente en datos y más datos, sino que encontrabas discursos, algo que todavía hoy algunos no practican en la historiografía del arte. Y sin discursos, no hay ningún compromiso, sólo remas a favor del viento.

 

 

VOSTÈ ÉS CUPAIRE, OI?

VOSTÈ ÉS CUPAIRE, OI?

Un periodista em vol fer una entrevista per videoconferència. Estriparé el final: aquesta entrevista mai no va arribar a ésser. Però torno a començar: un periodista em vol fer una entrevista per videoconferència. No sé què vol, no sé si ell sap què vol, si sap alguna cosa de mi, si pensa que tinc alguna cosa interessant a aportar. Se suposa que la cosa anirà sobre el món de l’art i de la cultura, un altre supòsit no sembla massa pertinent, és al que jo m’he dedicat des de —diguem-ne— sempre. Però la cosa es torça només en començar. La primera pregunta és aquesta:

 

—Vostè és cupaire, oi?

Jo li plantejo que no sé quin interès pot tenir ningú per les meves eleccions electorals, que la pregunta és en si mateixa un parany, si responc que sí o responc que no, se’n poden derivar algunes suposicions que en tots els casos no respondran a la veritat. O, si més no, no tindran cap utilitat. Que si la pregunta me l’hagués feta enmig de la conversa, si és que parlàvem de política, cosa segura si tenim en compte que sempre (sí, sempre) que parlem d’art i de literatura estem parlant de política, potser hauria tingut algun sentit periodístic, però plantejada així, només acabat de rajar el primer raig de l’entrevista, fa tota la fila d’acollir-se al periodisme superficial que tan estès està en la nostra societat.

Ell balbuceja alguna cosa, sembla que vol replicar-me, però jo no el deixo.

— No sé què em diràs, ara, però no pots arribar a imaginar-te com m’emprenya que em preguntis això. Que m’ho preguntis a mi, però pitjor i tot que siguis d’aquells que pensa que sabent què vota la gent ja la coneixes, que siguis tan ignorant per creure que dónes als teus lectors informació suficient per a col·locar-lo —per a entaforar-me— en un lloc còmode per tu i pels qui et segueixin com a periodista. I què, si voto a la CUP? Deu ser que el director del mitjà pel qual treballes o, pitjor i tot, l’empresari que us paga un sou de merda per mantenir un diari virtual que té una audiència de pena, és monàrquic, reaccionari i enyora els temps del franquisme, encara que no pot ser massa vell per enyorar res directament, sinó que ho deu enyorar per transmissió hereditària, per pura gasòfia ideològica. I tu? Llepaculs sense un bri d’ètica em fas aquesta pregunta perquè així deixaràs content el teu director i el teu empresari, sobretot perquè abans de les meves paraules hauràs posat una introducció on insultaràs tots els cupaires o suposats cupaires, els atorgaràs paraules dites des de la misèria en què et mous com a membre de la infàmia del periodisme.

No diguis res, no vull sentir més la teva veu de perdiueta gregària dels teus caps, sense cap pensament propi o, si el tens, amb aquella convicció que tens en el teu interior que et fa creure que necessites aquesta feina i no fas cap mal contravenint allò que suposo que et van explicar a la facultat. Si és que això t’ho van explicar, és clar. Perquè d’ètica a les facultats de periodisme n’hi ha només per aules, en unes sí, en unes altres no; com vols que hi hagi ètica en segons quines classes si alguns professors de periodisme han estat còmplices de mitjans periodístics que s’han dedicat a ocultar veritats incòmodes de partits, banquers i membres de la nova noblesa de la infàmia? T u saps que treballes pels prebostos de la ignomínia moderna?

Saps el pitjor de tot? Que reduir el joc polític al que votes (o no votes) un diumenge assolellat, o ombrívol, què més dóna?, és rebaixar la cultura política de tota una societat. A Catalunya, l’important no és si ets cupaire, dels comuns, independentista o dels altres; l’única cosa rellevant és si ets demòcrata, si et refies del poder de la comunitat per a decidir el seu propi futur, com a comunitat...

 

— Però vol callar, maleït sàtrapa, arrogant de merda, la mare que el va parir en mala hora per mi i per tota la humanitat. M’importa un munt d’excrements totes les seves idees sobre el periodisme, jo no hi he anat a la facultat, no tinc doblers per a fer-ho, desgraciat. Un grup d’amics del centre cívic estem fent una revista de combat i ens vam pensar que vostè era un tipus interessant. Bé, la veritat és que no tenim ni idea de si el que diu és interessant o no, però un company el segueix per les xarxes i fa temps va veure aquesta foto, tros d’imbècil, anava a dir tros de quòniam, però ara el Torra fins i tot ens ha pres aquest insult que nosaltres havíem mamat llegint el Tintin, ja no ens queda res, ni paraules per a insultar amb delicadesa autòctona. La veu, aquesta foto, gran prepotent?

 

Aquesta entrevista no va arribar a ésser. Sembla lògic, no? El noi es va enfadar amb mi. Mentre ell acabava la seva darrera intervenció, aïrat i colèric, va aparèixer en el monitor una foto on fa un temps devia mostrar el meu recolzament a la CUP en unes eleccions, ni ho recordo, potser anava borratxo, potser n’estava cofoi. Vaig preguntar a casa i em van dir que en les videoconferències pots compartir imatges que tens en el teu ordinador. I aquell xicot devia haver vist aquella foto, amb aquell lema que m’hauria d’avergonyir, “Bon CUP de puny”, mare meva, quina simplicitat, i me la va mostrar un segon abans que tanqués la connexió i em deixés amb la pantalla en negre i la persistència retinina d’aquell retrat meu no m’abandonés fins que van passar un segons, uns instants eterns. Vaig buscar la foto a les meves xarxes i, efectivament, existia. L’he esborrat, no perquè no cregui en les lluites, no perquè no pensi que s’ha de ser anticapitalista i antisistema. Com es pot estar a favor del sistema en els nostres temps? L’he esborrat, ben mirat, perquè he de rumiar una mica abans de dir segons què, diantre!

LAURA ROSEL: EL DOCTOR ORIOL MITJÀ ÉS EL PROBLEMA?

 

El passat 16 d’octubre, Laura Rosel, en el seu editorial del programa Els Matins, de Catalunya Ràdio (recordem-ho: la ràdio nacional de Catalunya), va carregar contra Oriol Mitjà. Va carregar contra ell amb una duresa extrema. Per què? Se suposa que la periodista responia unes declaracions fetes un dia abans en què l’investigador venia a dir que el govern català ha demostrat la seva incompetència en la gestió de la pandèmia, reblava específicament en contra de la falta d’humilitat (i de coneixements) de la consellera Vergés i, vatua l’olla!, demanava que, en unes futures eleccions, no permetem que aquests presumptes incompetents surtin escollits per a continuar enarborant la seva incompetència. Més clar, l’aigua.

 

Més enllà del soroll de les xarxes, d’aquests tuitaires de teclat fàcil que ens posem a favor d’un o d’un altre sense haver de demostrar la nostra pròpia competència (en epidemiologia, en aquest cas), l’editorial de Laura Rosel acarnissant-se sobre un entès en la matèria, és digna de perdre-hi dos o tres paràgrafs.

 

Abans que res, però, he de dir que, al meu modest entendre, és de sentit comú que el govern de la Generalitat ha demostrat incompetència en la gestió de la pandèmia. Si això d’incompetents fereix sensibilitats, ho podem dir d’una manera més lleugera: la seva gestió ha estat ineficaç en les residències de la gent gran, en les dotacions del servei d’atenció primària, en la tornada a les escoles dels alumnes, en les incoherències de les mesures que es dicten i allò que es deixa fer, i més i més. Incompetència o inutilitat. Una prova és que, des que el govern espanyol va suspendre l’estat d’alarma, i la gestió sanitària va passar a mans de la Generalitat, no hem anat a millor. Una altra prova és que, des d’aleshores, han anat dictant mesures que s’han tornat fallides per a frenar o per a invertir els índexs de propagació del virus. La prova final és que, ara, han tancat quinze dies els bars i els restaurants, entre d’altres mesures més o menys cosmètiques, però no s’han atrevit a impulsar-ne de més agressives. Tant se val si aquest govern és més “dels nostres” que si fos un govern “dels altres”: Oriol Mitjà no diu que siguin incompetents com a polítics independentistes, sinó incompetents com a administradors d’una situació sanitària tan complexa com la que vivim des de fa tants mesos.

 

La meva opinió, la que acabo d’expressar en el paràgraf anterior, però, és irrellevant, amb sentit comú o sense. El que resulta significatiu és que una periodista es posi en contra d’un epidemiòleg quan el metge diu coses que no agraden al govern de la Generalitat. Laura Rosel deia que les declaracions que havia fet Mitjà no ajudaven gens, “però gens” subratllava. I ella, com ho sap? Sota quins criteris científics opina, ella? Ella i tots els qui, per les xarxes, recolzen les seves paraules perquè pensen que, així, recolzen el govern català?

 

He gastat una mica de temps, indagant en els repertoris científics que trobes per la xarxa, i he comprovat que Oriol Mitjà té un currículum sobre la matèria de traca pirotècnica. Jo sóc el primer que he passat mitja vida a la universitat i sé que tenir el doctorat i publicar molts estudis no significa directament que tinguis raó. Però entre els qui fan tuits per les xarxes sense cap coneixement o els qui han demostrat una dedicació al problema sobre el que opinen, em decanto per una certa meritocràcia, què voleu que us digui? Us recordo que Catalunya, no fa gaire, va tenir un president de la Generalitat que a penes havia acabat els estudis preuniversitaris, que amb prou feines parlava la llengua catalana (tot i que és cert que s’hi esforçava) i que, per dir-ho tot, no va ser president pels seus coneixements, sinó per haver ascendit al màxim poder en la cúpula d’un partit polític. En conseqüència, per més independentista que un sigui, quan ens enfrontem a un virus que està deixant tantes víctimes als hospitals (els morts i els pacients amb seqüeles) i als carrers (la pobresa dels qui ja fregaven la pobresa), faig poc cas d’una periodista que surt a salvar la ineficàcia provada d’un govern amb la vella tàctica de desacreditar el que ha fet mèrits per dir el que li sembli més oportú.

 

Quina decepció, la Rosel. Quan la van fotre fora del programa “Preguntes Freqüents” de TV3, vaig fer un text d’urgència perquè em pensava que era d’una altra pasta. Però la seva incorporació als Matins de Catalunya Ràdio, substituint Mònica Terribas, ja va ser lletja. Però ara s’entén tot: la Terribas va dir que plegava perquè “l’engranatge grinyola”, en una clara referència a les pressions que rebia per part del govern per dir unes coses i callar-ne unes altres. Ara ja sabem que quan Laura Rosel va acceptar de substituir-la venia carregada de greix perquè l’engranatge deixés de grinyolar

PER QUÈ CONTINUO TREBALLANT? (+ESP) (+ENG)

La crítica d'art Gisela Chillida va convocar alguna gent del món artístic i cultural amb la següent pregunta "Per què continues treballant?"

Aquesta va ser la meva resposta. En el portal A*Desk podeu trobar totes les respostes i les reflexions de la Gisela.

 

CATALÀ

1.

El primer és prendre consciència que el que fem en l’àmbit cultural és treballar. És a dir venem la nostra força de treball a algú que se n’aprofita, una institució pública o privada.

Que Marx ja va incloure el treball cultural quan, a El capital, va definir la força de treball com “el conjunt de les facultats físiques i mentals que hi ha a la corporeïtat, en la personalitat viva d’un ésser humà i que ell posa en moviment quan produeix valors d’ús de qualsevol índole”.

Que qui s’aprofita de la teva força de treball sigui de vegades un passerell (com tu?), el nervi més baix del sistema capitalista, no anul·la la posició subalterna que el teu treball té en la cadena de producció cultural.

Que t’agradi la teva feina no t’ha de convertir en un esquirol submís amb les condicions de treball que t’imposen. Per no ser, a més d’explotat, imbècil.

2.

En conseqüència, cal decidir, no si treballes o no, això només s’ho poden plantejar els qui viuen en l’opulència, la qual cosa vol dir que ells o els seus parents s’aprofiten o s’han aprofitat de la força del treball d’uns quants integrants de la classe subalterna, sinó que has de decidir el teu grau de compromís, inversament proporcional al grau de concessions que estàs disposat a oferir al sistema.

Que això dependrà, és clar, de si et compromets amb alguna cosa en la teva vida com a subjecte polític, qüestió indestriable del treball que despleguis com a artista, teòric, crític, etc.

Que Antonio Gramsci va escriure: «La conquesta del poder cultural és prèvia a la del poder polític». Estar d’acord amb aquesta frase o no estar-hi, posar-la en pràctica amb el teu treball o prescindir del que vol dir, encara que afirmis que combregues amb el seu enunciat en el registre teòric, és substancial i divideix els obrers de la fàbrica de la cultura entre els qui cerquen escletxes en el sistema cultural/polític per a posar-lo en qüestió i els qui treballen per a complaure el poder.

Que complaguis el poder amb la teva obra conscientment et converteix en un miserable. Que ho facis sent-ne conscient, però pensant que has fet un treball tan bo que ningú no se’l pot perdre pel bé de la humanitat, et converteix en un miserable insolidari.

Que buscar bretxes de seguretat en el sistema cultural a través de les quals bombardejar consciències individuals i col·lectives amb l’art i el pensament és feina complexa i llotosa. Sí, i què?

3.

Jo continuo treballant, en primer lloc, perquè encara hi ha qui m’encarrega o m’accepta projectes o coses, a pesar que cada vegada em basquegin més els consensos del món de l’art i de la literatura, o perquè al sistema l’hi importa una mè quina sigui la meva actitud política. Jo continuo treballant, en segon lloc, per poder (sobre)viure, tot pensant que tinc la sort que la meva lluita per l’igualitarisme la puc desplegar en el terreny de les idees i no cal que vengui la meva força de treball en una factoria metal·lúrgica, química, automobilística… com tantes persones han fet, fan i, malauradament, faran.

 

 

ESPAÑOL

 

1.

Lo primero es tomar conciencia de que lo que hacemos en el ámbito cultural es trabajar. Es decir vendemos nuestra fuerza de trabajo a alguien que se aprovecha de él, una institución pública o privada.

Que Marx ya incluyó el trabajo cultural cuando, en El capital, definió la fuerza de trabajo como «el conjunto de las facultades físicas y mentales que hay en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole».

Que quien se aprovecha de tu fuerza de trabajo sea a veces un cándido (¿como tú?), el nervio más bajo del sistema capitalista, no anula la posición subalterna que tu trabajo tiene en la cadena de producción cultural.

Que te guste tu ocupación no ha de convertirte en un esquirol sumiso con las condiciones de trabajo que te imponen. Para no ser, además de explotado, imbécil.

 

2.

En consecuencia, debes decidir, no si trabajas o no, eso sólo se lo pueden plantear los que viven en la opulencia, lo que significa que ellos o sus parientes se aprovechan o se han aprovechado de la fuerza del trabajo de unos cuantos integrantes de la clase subalterna, sino que tienes que decidir tu grado de compromiso, inversamente proporcional al grado de concesiones que estás dispuesto a ofrecer al sistema.

Que esto dependerá, por supuesto, de si te comprometes con algo en tu vida como sujeto político, cuestión inseparable del trabajo que despliegues como artista, teórico, crítico, etc.

Que Antonio Gramsci escribió: «La conquista del poder cultural es previa a la del poder político». Estar de acuerdo con esta frase o no estarlo, ponerla en práctica con tu trabajo o prescindir de lo que quiere decir, aunque afirmes que comulgas con su enunciado en el plano teórico, es sustancial y divide los obreros de la fábrica de la cultura entre los que buscan grietas en el sistema cultural/político para ponerlo en cuestión y los que trabajan para complacer al poder.

Que complazcas al poder con tu obra conscientemente te convierte en un miserable. Que lo hagas siendo consciente de ello, pero pensando que has hecho un trabajo tan bueno que nadie se lo puede perder por el bien de la humanidad, te convierte en un miserable insolidario.

Que buscar brechas de seguridad en el sistema cultural por las que bombardear consciencias individuales y colectivas con el arte y el pensamiento es tarea compleja y cenagosa. Sí, ¿y qué?

 

3.

Yo sigo trabajando, en primer lugar, porque todavía hay quien me encarga o me acepta proyectos o cosas, a pesar de que cada vez me asqueen más los consensos del mundo del arte y de la literatura, o porque al sistema le importa una mierda cual sea mi actitud política. Yo sigo trabajando, en segundo lugar, para poder (sobre)vivir, pensando que tengo la suerte de que mi lucha por el igualitarismo la puedo desplegar en el terreno de las ideas y no es necesario que venda mi fuerza de trabajo en una factoría metalúrgica, química, automovilística… como tantas personas han hecho, hacen y, desgraciadamente, harán.

 

ENGLISH

 

1.

The first thing is to become aware that what we do in the cultural field is to work. That is, we sell our workforce to someone who takes advantage of it, a public or private institution.

That Marx already included cultural work when, in The Capital, he defined labour force as “the set of physical and mental faculties that are in the corporeality, in the living personality of a human being and that he puts in motion when he produces values of use of any kind”.

The fact that those who take advantage of your labor force are sometimes naive (like you?), the lowest nerve of the capitalist system, does not annul the subordinate position that your work has in the chain of cultural production.

Just because you like your occupation, you should not become a submissive scab with the working conditions imposed on you. So that you are not, in addition to being exploited, an imbecile.

 

2.

Consequently, you have to decide, not whether you work or not, that only those who live in opulence can decide, which means that they or their relatives take advantage or have taken advantage of the labour force of a few members of the subordinate class, but you have to decide your degree of commitment, which is inversely proportional to the degree of concessions you are willing to offer the system.

That this will depend, of course, on whether you commit yourself to something in your life as a political subject, a question that is inseparable from the work you do as an artist, theorist, critic, etc.

That Antonio Gramsci wrote: “The conquest of cultural power is prior to that of political power”. Whether or not you agree with this sentence, put it into practice with your work or disregard what it means, even if you claim to agree with its statement on a theoretical level, is substantial and divides the workers in the culture factory between those who seek cracks in the cultural/political system to put it into question and those who work to please the power.

That you please the power with your work consciously makes you miserable. That you do it consciously, but thinking that you have done such a good job that no one can miss it for the sake of humanity, makes you a miserable lack of solidarity.

That looking for security gaps in the cultural system through which to bombard individual and collective consciousness with art and thought is a complex and boggy task. Yes, so what?

 

3.

I’m still working, first of all, because there are still people who commission or accept projects or things from me, despite the fact that I’m increasingly disgusted by the consensus of the art and literary world, or because the system doesn’t give a damn about my political attitude. Secondly, I continue to work in order to be able to (over)live, thinking that I’m lucky enough to be able to carry out my struggle for egalitarianism in the field of ideas, and it’s not necessary for me to sell my labour force in a metallurgical, chemical or automobile factory… as so many people have done, are doing and, unfortunately, will do.

 

 

L’AFECCIÓ ESCLAVA PER L’ART

 

Avui no vull parlar dels altres, vull parlar de mi; de fet, sempre parlem de nosaltres, ja ho sé; però vull dir que la reflexió que vull fer m’ateny a mi, només a mi i, en tot cas, als qui us pugueu sentir partícips dels meus dubtes, de les meves recances. Els qui llegiu això i no us sentiu concernits per les meves sensacions, perfecte; no vull crear debat, menys encara polèmica de cap tipus.

El punt de partida és la situació en la que ens trobem, és clar. La pandèmia que no s’acaba, que brota i rebrota al nostre voltant. Des de Belltall estant, sembla com si aquí ens trobéssim salvats de les notícies preocupants sobre la covid-19. Però no n’estem, de salvats. Si em quedo aquí no podré portar a terme un seguit de projectes per a l’any vinent. I hauré de tornar a una certa normalitat, fer reunions presencials (imprescindibles per a triar material per a unes exposicions de les que m’he compromès a tenir-ne cura), i vigilar per la meva condició de persona de risc, brrrr!

Una d’aquestes exposicions fa temps que les amigues Muriel Gómez, Jordana Mendelson i jo mateix l’estem treballant. És una exposició que hem de fer a la Fundació Miró la propera primavera sobre Joan Miró i ADLAN. Ens hem confabulat tots plegats per tirar endavant el projecte, i fer-lo el millor que sabem, a pesar de la situació general de la cultura i de les màximes limitacions pressupostàries i d’altres tipus amb què hem de treballar. Per exemple, havíem de demanar una documentació a la Morgan Library de NY, però és probable que no en puguem disposar perquè allà els museus estan tots tancats i no sabem si faran préstecs. Volem donar aparença de normalitat, però tot són arenes movedisses.

Fa pocs dies, per estalviar, i no haver de pagar aquests preus abusius d’assegurança i transport que donem per bons, vaig comprar per la xarxa aquest plànol de la Barcelona de 1935 (molt ben conservat, entelat).

 

 

 

 

 

 

 

 

El farem servir, segur. Però en altres circumstàncies estaria molt més content (en moltes de les exposicions historiogràfiques que he comissariat, he aportat material propi): m’assalta la pregunta de per què preparo aquesta exposició (o els altres projectes en els que estic implicat). Quin sentit té mantenir una normalitat cultural en temps anòmals com aquests? I més si fa temps que tinc molts dubtes sobre aquesta normalitat cultural. Molt abans de la pandèmia ja he publicat textos on em qüestiono el paper de l’art en la societat actual. En concret, sobre el món dels museus o els centres d’art no em puc treure del cap unes reflexions d’un escriptor important per mi, Witold Gombrowicz.

En un dels seus dietaris argentins, Gombrowicz parla de “l’afecció esclava per l’art” i explica la visita que va fer amb un amic seu al Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. El seu relat de la visita és demolidor, aquí un petit tast: “¿Qui va als museus? Algun pintor […] alguns afeccionats […], i, fora d’aquesta mena de gent, gairebé ningú més, tot i que tothom està disposat a jurar de genolls que Tiziano o Rembrandt són unes meravelles que li provoquen calfreds. No m’estranya aquesta absència. Les sales, grans i buides, amb les parets atapeïdes de teles, són repugnants i capaces de fer-nos caure en la desesperació més profunda.” No dic que l’escriptor polonès tingui raó, però no defujo les preguntes que el seu diagnòstic ferotge impliquen. Massa sovint, en el món de la cultura sembla com si anéssim amb un lliri a la mà i estiguem convençuts que la nostra feina és important. Jo prefereixo preguntar-m’ho, perquè si vas pel món convençut que el teu treball és la rehòstia, acabes convertint-te en un beneit, o molt pitjor, un integracionista institucional que es pensa que és un revolucionari.

Fer-se preguntes em sembla que és una característica del meu tarannà, en públic o en privat. En el meu dietari (publicat per Comanegra amb el títol A contratemps), la penúltima entrada, del 22 de desembre de 2010, ho explicava (o m’ho explicava a mi mateix perquè no escrivia allò per fer-ho públic): “He dinat amb la Jèssica Jaques. Moltes coincidències. No sé si també coincidiria amb ella en una cosa. Al llarg dels anys he vist que la gent de la professió, els intel·lectuals, per escriure-ho d’alguna manera, solen mirar-se al mirall i refermar-se; es veuen i es deuen dir, ‘que bo que ets’. Jo, en canvi, sempre he estat un dubtós, sempre replantejant si el que he dit estava bé, si les clases eren bones, si les conferències no eren soporíferes… Jo em miro al mirall i penso més en les coses que he de millorar, de vegades fins i tot em passo de deixuplinar-me per les coses que he dit o he deixat de dir. Sempre dubitatiu, tampoc no sabria fer-ho d’una altra manera. Ben mirat, els embeguts de si mateixos em provoquen nàusees.”

I, malgrat tot, continuo treballant en l’exposició sobre Miró i ADLAN, hi estem posats frenèticament en ple agost des de Nova York, Belltall, Barcelona..., per aconseguir un projecte immaculat. I, a ser possible, que no esclavitzi ningú. Què he de fer, altrament? Aquest mes d’agost, la Gisela Chillida ens ha preguntat a uns quants del món de la cultura, des de la plataforma A-desk, per què continuem treballant. I la meva resposta, almenys la meva, és decebedora, perquè, a pesar que l’adorni en un context marxista, s’intueix que jo també estic segrestat per “l’esclavatge de l’art”, visc en allò que fa temps vaig denominar la síndrome d’Estocolm estètica.

No vaig pensar a fer-li saber a la Gisela que Georges Bataille va respondre la seva pregunta abans que ella ens la fes. I ho feia en un text on reivindica la necessitat de no convertir-se en una làmpada. Deia Bataille: “Treballa per viure! Estic esgotat en l’esforç i tinc set de descans. Així que ja no és hora de dir: viure és descansar. Tot seguit, em sento avergonyit per una veritat decebedora: viure seria concebible d’una altra manera que sota la forma del treball? La poesia en si mateixa és feina. No puc consumir-me com una làmpada que il·lumina i mai calcula. He de produir i només puc descansar procurant-me la sensació que em desplego a mi mateix tot produint.”

Aquest text de Bataille, la seva làmpada, m’ha fet pensar en aquesta obra de l’amic Gonzalo Elvira (de la seva sèrie sobre la Bauhaus) que tinc penjada en una paret de casa, a la city, allà sola, ara il·luminant amb la seva força un espai que fa setmanes que m’espera per a treballar en aquesta feina nostra tan esclava, tan esclava, que no podem desprendre’ns.

 

 

LA CULTURA NO ÉS PER TOTS IGUAL

 

 

 

El meu últim article a VilaWeb ha propiciat alguns comentaris (uns públics, i fets des de l’amistat, que agraeixo; uns altres públics, i malsonants, que em rellisquen) que posaven en qüestió la meva crítica a la campanya #laculturaessegura.

 

No us faré perdré massa el temps, perquè si no m’he sabut explicar fins ara, no podré fer-ho millor avui. O, encara que ho faci, alguns continuareu estant en contra de la meva posició crítica davant d’una cultura que es presenta a ella mateixa com a súper segura (i súper necessària), però que al meu entendre ens col·loca en una posició molt dèbil, primer, com a individus cultes i, en segon lloc, com a sector cultural.

 

Procuraré explicar-me (que no justificar-me). I començaré per unes consideracions generals:

 

  • No hi ha una sola cultura, hi ha moltes maneres d’entendre la cultura. Això és per mi súper important: els qui parlen alegrement de la necessitat de la cultura, sense especificar de quina cultura estan parlant, fan el joc a l’entramat institucional i industrial al que s’oposen en altres camps de la vida col·lectiva. Hi ha una cultura d’entreteniment i una cultura de combat i de compromís. N’hi ha molts més, de registres, ja ho sé, però m’he compromès a no gastar temps innecessàriament.
  • En aquests temps de pandèmia, de patiments individuals i socials, d’anomalies desconcertants, segons quines iniciatives em semblen estrictament discutibles tal com jo entenc la cultura (la de combat, és clar). Dir que la cultura és segura mentre la societat es mou en un mar d’inseguretats (per l’evolució de l’epidèmia, per la incompetència dels governs, per la insolidaritat d’una part de la ciutadania...) em preocupa. Manifestar, com es feia en un paper de la campanya, que a la societat se li fan recomanacions i a la cultura se li fan prohibicions és estrictament repulsiu.

 

Hi ha moltes cultures i la cultura no és per tots igual. Que el món de la cultura no neda en l’abundància, ho sé. Però seria innocent —i irresponsable— no tenir en compte que hi ha uns sectors i unes empreses culturals més instal·lades en el sistema que d’altres. Hi ha artistes, companyies d’arts escèniques, escriptors... que treballen a peu d’obra; n’hi ha que treballen al despatx. Que tenen dret a treballar en el despatx, no ho nego; que fan campanyes per a aglutinar tots els (pocs) recursos dineraris que hi ha per a la cultura (sempre i, ara, per la pandèmia, més), m’emprenya; que d'acord en què pots fer servir anàlisis simplistes (“tots treballem per la cultura” i similars), però també pots mantenir les interpretacions materialistes (marxistes, sí), ni que siguin de registre baix com les meves, per a recordar que en el món de la cultura també es produeix l’enriquiment d’uns pocs per l’aprofitament que fan de la força de treball dels operaris de la cultura. Que de vegades sembla que els treballadors culturals visquem amb una rosa a les mans i no tenim clares quines són les nostres estratègies polítiques. Sí, polítiques, és a dir, sabent on ens trobem i a qui servim; i arrossegant les contradiccions que calgui, que tots (no conec cap excepció) n’atresorem unes quantes en les nostres trajectòries (i jo, en posició destacada).

 

Aquest 2020 s’han produït tres campanyes que a mi m’han semblat insolidàries. Sobretot perquè molts dels seus promotors mai s’havien preocupat de generar o d’ajuntar-se a campanyes més transversals, sorgides des de la base. Molts dels qui ara reclamen una posició privilegiada per a la cultura són els qui mai (ho subatllo: mai) signen manifestos que suposin contrariar a la classe política. Aquestes tres campanyes no totes són interpretables des del mateix biaix , però en totes tres hi he trobat problemes ideològics i, quan ho he dit, m’han caigut retrets o el silenci. La primera va ser el mes de febrer, la campanya ActuaCultura que reclamava el 2% del pressupost de cultura de la Generalitat. Aleshores, ja vaig pronunciar-me en un article,  atès que els qui reclamaven amb més força aquest (d’altra banda, just) augment pressupostari eren els qui ja disposaven de més diners. El 10 i 11 d’abril, en plena pandèmia, es va posar en marxa una iniciativa que a mi em va fer avergonyir, l’Apagada cultural per les xarxes; aquella campanya, emmascarada en una protesta càndida per unes declaracions del nefast ministre de cultura espanyol, defensava un cop més els privilegis de les associacions de sales de teatre i d’altres contubernis (sí, de poca alçada perquè la cultura mou pressupostos baixos en comparació amb d’altres branques ministerials, però contubernis). Ells van aixecar la campanya, van arrossegar gent de bona fe del món cultural que s'hi va afegir, i qual els van assegurar mesures compensatòries per al seu pastís, la van tancar, ai las! L’última campanya és això de #LaCulturaÉsSegura, impulsada bàsicament per festivals d’alta alcúrnia, amb uns patrocinis de bancs i empreses de què no disposen els treballadors de la cultura als qui han anul·lat desenes de presentacions de llibres, d’actuacions en festes majors de tot Catalunya, d’exposicions en les que els artistes i comissaris havien treballat des de fa tant de temps.

 

A mi m’agradaria que anéssim tots a l’una, que plantegéssim lluites comunes per a defensar un espai lliure de l’art i del pensament, però el que em sembla imprudent és que quan els qui viuen en oficines de gestió s’emprenyen, nosaltres els hàgim de fer costat sense cap retret. Sobretot perquè quan som nosaltres els qui proposem mesures polítiques (no dineràries, se m'entén, oi?), ells sempre troben excuses per a desentendre's de les reivindicacions majoritàries. Sí, majoritàries, però sense recolzaments ni polítics ni empresarials.

 

Per si no m’he explicat encara prou, m’acolliré a aquella dita que diu que una imatge val més mil paraules: com a il·lustració d’aquest text poso dues captures de pantalla del Festival de Pedralbes i del Festival Cruïlla. Entreteniu-vos en veure els patrocinadors d’aquests dos esdeveniments (festivals que són dels que més van pressionar pel no tancament dels actes culturals): totes aquestes marques, empreses i mitjans periodístics que donen suport a aquests dos festivals “glamurosos”, sempre han passat i passaran de la cultura de combat. A partir d’aquesta realitat, jo continuaré reivindicant que la cultura és de qui la treballa, no de qui aconsegueix patrocinis més acabalats. (Si la imatge és massa petita, només heu d'anar a les webs, també glamuroses, d'aquests festivals i veureu tot el pack de suports econòmics que reben.)

 

Que passeu un bon estiu. Jo, sense patrocinis i amb l’ajuda de molta gent de base, miraré de fer conèixer el meu darrer llibre, “El paisatge d’uns crims”, arrossegant contradiccions, però sempre tenint present que, abans que defensar la part noble del sector cultural, frueixo molt més sent al costat de la plebs, la classe subalterna... la cultura que ells m’ofereixen s’assembla molt més a la que jo i el meu país necessitem, sense pandèmia i més encara amb la seva amenaça per damunt de tots els nostres caps.

 

1 2 3 4 5