El virus es la corona: el besamanos, el inviolable y los equidistantes

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No hablaré del virus, no hablaré del virus, no hablaré del virus ... Pero sí hablaré de la corona, vírica también, y mucho! Estos días, confinado en casa desde hace tiempo -soy persona de riesgo por problemas respiratorios previos-, he tenido una revelación: la sanidad pública debería habernos protegido de las bacterias, microbios y virus monárquicos que desde 1975 están infectando  nuestra vida. Desde que el dictador Franco Bahamonde traspasó su sistema fascista a los Borbones, que la infección recorre todas las entrañas de este país, y las del país vecino.

Sí, la infección no es exclusiva del sistema español; los catalanes no fuimos inmunes al contagio: recuerdad que Jordi Pujol se jactaba de su contacto directo con Juan Carlos ( 'tranquilo, Jordi, tranquilo', decía que le había espetado la noche del 23 de febrero de 1981); que los padres de la constituvejación española (entre los cuales, Jordi Solé Tura, presunto comunista, y Miquel Roca-Junyent, el príncipe) aceptaron con sumisión o quien sabe si alegría el retorno a la antigüedad enfermiza; que la presidenta de honor de la Fundación MACBA es la mujer del Borbón mayor y que Ada Colau no ha hecho nada para cambiarlo; que los socialistas catalanes nunca han querido poner en cuestión la peste monárquica.

La infección borbónica se ha ido expandiendo de manera exponencial desde hace muchos años. Y cuando parece que el número de infectados disminuye, se inventan mecanismos para revertir la situación. No hace muchas semanas, con motivo de la investidura del nuevo gobierno español, lo vimos: montaron de nuevo un besamanos, sin ningún tipo de protección, sin guantes, sin máscaras. Y cómo debía heder todo aquello! Sólo de verlo por la televisión me asaltaban cagarrinas.

De hecho, el besamanos es en sí mismo una cagarrina de otros tiempos, una estratagema de contaminación de la corona a la que acuden incluso aquellos que dicen que es una cagarrina. Me refiero a los equidistantes, equidistantes en todo, que quiere decir que nunca se comprometen en nada, y que van a besar las manos infecciosas de los aristócratas aunque luego pongan excusas que sólo sus babosos adeptos aplauden. Este es el éxito de la propagación del virus monárquico, que hay gente que sabe de su existencia, pero se deja inocular el patógeno voluntariamente. Y es que, como dice un proverbio chino, 'saber y no actuar es no saber'.

Afortunadamente, el conjunto de catalanes estamos en el buen camino para eliminar de nuestro cuerpo social la plaga: el parlamento aprobó por una mayoría amplia el rechazo al virus de la corona (los parlamentos son inviolables, o deberían serlo, ellos sí , porque representan al pueblo, no a un linaje familiar desgastado por las enfermedades); y, si esto no fuera suficiente, os recuerdo que al monarca actual se le dejó claro que en Cataluña no era bienvenido con aquella pancarta colgada el 17 de agosto de 2018 en la plaza de Cataluña de Barcelona. Por suerte, muchos catalanes empezamos a estar vacunados.

Ahora, la infección ha estallado de manera espectacular: Juan Carlos I, el virus mayor del reino, ha propiciado una llaga purulenta de dimensiones desconocidas hasta ahora. La herida supura un pus necrótico, irrespirable. Y la sanidad pública española no sabe qué hacer. Ellos ya se habían esforzado en mitigar la propagación del humor seroso que emerge de la Zarzuela: los mismos ministros que comparecen  pasmados para anunciar las (no) medidas que tomarán por el coronavirus, habían decretado que el virus de la corona era inviolable. Pero ahora resulta que en el extranjero sí que lo pueden violar; fuera del territorio nacional, de la unidad de España, quieren eliminar la infección, por lo menos eliminar la úlcera que supone aquel al que llaman emérito. Al saber que la sanidad europea venía a desinfectar España, Felipe VI ha intentado inocularse un anticuerpo con la confianza de que la derecha española (con Pedro Sánchez al frente) sabrá cómo aislar el foco infecto que supone su padre.

Y mira que los socialistas ya se han esforzado a lo largo de los años: el actual presidente del gobierno español llegó a decir que su republicanismo se sentía muy a gusto en la monarquía española. Y cuando lo dijo no había sufrido ictus, no en vano, estos días hemos visto que él es el primer infectado por lo que supone el virus del 'borbonismo': saca la bandera española, se envuelve en ella y empieza a decir las mismas palabras (unidad, territorio, ganaremos ...) que habían proferido el dictador y su hijo putativo.

Debemos estar atentos a la evolución de la pandemia borbónica. Los catalanes, en eso, tenemos un papel decisivo: debemos tratar de propagar la vacuna que ya nos inyectamos entre todos los hermanos de la Península Ibérica. Porque sólo desinfectando la sociedad española de la purulencia que suponen tantos años de enfermedad podremos partir de cero y acometer el objetivo más higienista de todos: eliminar el fascismo que pulula por las venas de España. Porque, ya lo dijo el poeta Roque Dalton:

No olvides nunca
que los menos fascistas
de entre los fascistas
también son
fascistas.

Nota: ahora sin coñas (de hecho, en una broma sólo hay una pequeña parte de broma), Valtònyc debe ser exonerado de todas las culpas y debe volver cuando quiera, libre de cargos, a su país. Porque se ha demostrado que la letra de la canción por la que fue acusado, 'los borbones son unos ladrones', es cierta, tan cierta que incluso el rey español actual ha repudiado a su padre por ladrón. ¿Oído, jueces españoles?